Son las acciones, estúpido!

 

Las prácticas sociales artísticas (PSAa) (1) que privilegian la acción en lugar de los objetos se desarrollan sobre todo en actos que discurren en (2) la vida cotidiana.

Estas intervenciones sociales desafían las convenciones sobre lo que es el arte, a la vez que se mezclan con actividades ajenas al mundo artístico tradicional. Esta hibridación cultural rompe con los códigos asociados a la identidad disciplinar del arte, pero también se mezcla por fuera de su especificidad para integrarse persuasivamente en otras disciplinas profesionales. Es una especie de injerencia arbitraria en diferentes campos del conocimiento humano que husmea en busca de posibilidades para reforzar sus estrategias.

En definitiva, se trata de un trabajo interdisciplinar que convierte al practicante en un anfibio cultural con capacidad para transitar por diferentes aspectos del conocimiento humano. Esta cualidad de romper las fronteras del conocimiento parcelado por las disciplinas académicas permite un enfoque holístico de ciertos problemas que lo requieren.

¿Qué tipo de materialidad podemos atribuir al performance de la vida cotidiana? Me refiero a ese conjunto de conceptos socioculturales (cuerpo y mente humanos, actos, palabras o cosas, ideas y sentimientos, habilidades y conocimientos) que escenifican rituales sociales integrados en actividades que realizamos para conseguir un propósito, y que artísticamente hablando llamamos prácticas sociales o esa amplia categoría de mecanismos sociales que Talcott Parsons ha llamado «medios simbólicos generalizados de interacción social» (Munn, 1973). (3)

Esto último es importante discriminarlo porque en el sistema artístico prevalece la exhibición de cosas y no de acciones. Como nos dice Horowitz (4), la desmaterialización es un tema de suma importancia porque amplió el espectro económico del mercado del arte, pasando de centrarse casi exclusivamente en los objetos tangibles a los artículos inmateriales, como el contenido y los derechos de propiedad intelectual. Esta evolución también amplió el ámbito de los objetos tangibles en circulación, ya que los documentos y los objetos efímeros de eventos temporales -performances, acciones, happenings- adquirieron importancia museológica y, finalmente, comercial. Pero en el límite en el que creemos que la acción no se mercantiliza, su doble objetual aparece ya en un vídeo o una fotografía que devuelve el mundo de las acciones al universo del registro objetual.

Yendo más allá, hablo de acciones pragmáticas realizadas a través de performances de la vida cotidiana fuera del museo, la galería o la feria de arte, pero que pueden mantener su estatus de arte si aceptamos la acción como un medio para des-simbolizar las ficciones que operan en el espacio social de lo real inspiradas en la estrategia basada en el fraude, ya sean de orden científico, político o mediático.

Cuando el artista social identifica un problema, puede escenificarlo a través de su representación en el sistema artístico para engendrar un público que sensibilice el problema y amplifique el mensaje que el artista señala. Cuanto mayor sea la audiencia a la que llegue el mensaje, mayor será la probabilidad de que el problema señalado encuentre una solución. Llamaremos a este tipo de intervención de segundo nivel. El artista observa pero deja que la naturaleza siga su curso; mide pero no interviene.

Otros medios que han encontrado los artistas sociales es intervenir directamente en espacios más allá del sistema artístico, y así ejercer una mayor presión para el cambio en relación con los contratiempos que el artista ha detectado. Llamaremos a este tipo de intervención de primer nivel. Este tipo de acciones experimentales desde la dimensión del arte se caracterizan por un intento activo de modificar algún tipo de determinante social.

Merece la pena señalar estas dos instancias porque entre ellas se engendra una distancia que disuelve o concentra la condición artística convencional, y con ello quiero decir que la representación apela al objeto simbólico, mientras que la intervención directa se funde con la vida cotidiana en una especie de umbral mínimo cercano a cero entre el arte y la vida.

Un arte dirigido a acciones y no a la producción de objetos probablemente represente una de las nociones más complicadas de asimilar en mitad de una sociedad donde el commodity es su eje de intercambio y estatus social y su esencia económica. Pocos sistemas de intercambio económico mistifican tanto las cualidades del objeto como el mercado del arte, y por ello un arte dirigido a acciones pareciera estar destinado a ocupar perennemente una condición subalterna y producto de ello su fácil vínculo con manifestaciones contestatarias de orden político y crítica social.        

Las acciones moldean al objeto pero ellas desaparecen y lo que queda es una entidad física que habla de sí misma pero no del proceso. Vistas de cerca, las acciones fluyen ante la mirada pero son inatrapables, se deslizan como agua entre los dedos y al final del día no queda de ellas nada más que el recuerdo. 

Por ello la pregunta que hace David Graeber tiene la mayor importancia para el mundo del arte, porque es allí donde probablemente mejor podríamos especular con sus posibilidades de visibilizar lo intangible, mediante su transformación en objetos imaginarios. Esta pregunta inaugura el tercer capítulo de Toward an Anthropological Theory of Value:

¿Y qué sucede si uno trata de crear una teoría del valor partiendo del supuesto de que aquello que en última instancia está siendo evaluado no son cosas sino acciones? (5)

Las acciones, ya sean públicas o privadas, moldean el mundo y sus huellas dejan rastro para la historia. En un mundo gobernado por los números y las estadísticas, el valor de la acción se resiste a su cuantificación en la medida que el reino objetual extiende su mensurabilidad a todas las cosas. ¿Qué alternativa queda entonces?

Un aspecto importante de la acción es su relación con la cotidianidad. La práctica social artística (PSA) enfrenta un profundo problema cuando se trata de contabilizar sus virtudes en contraste con la estabilidad de los  objetos, es decir, las acciones de la PSA ocupan un lugar invisible y a veces demasiado mundano, como para que la temporalidad de sus actos sean leídos como obras de arte, al igual que entendemos una pintura, una fotografía, una instalación o un performance, incluso si llegamos a esas fronteras a las que el mercado del arte ha llegado respecto de la desmaterialización artística señalada por Horowitz.

La cotidianidad es vista de forma aburrida a los ojos del arte, tan frívola y ligera que su único fin pareciera rellenar el tiempo de manera ociosa, mientras el reloj avanza perezosamente. El valor de lo cotidiano no es importante para el arte, ansioso siempre de actos y gestos heroicos, lleno de objetos excepcionales, únicos, originales y grandilocuentes. En los rituales de lo cotidiano, donde todo es corriente, ordinario, rutinario, y repetido, pareciera no habitar lo simbólico.    

La acción de la PSA opera cuando logra alterar el curso normal de un proceso que afecta a la comunidad, pero que es productivo para un núcleo pequeño y privado de la sociedad. Y en ese sentido se puede entender a la PSA como un marco operativo que pone a andar una serie de rituales de intervención social mimetizados en la cotidianidad, y que en apariencia son tan comunes y corrientes que nada significan para un campo como el del arte en donde el valor del símbolo constituye parte de sus esencias. No hay símbolo en la cotidianidad dice la ortodoxia del arte, y mucho menos cuando ella se expresa a través de acciones que no operan al interior del sistema artístico, sino en el espacio de lo público.  La exhibición no es el fin último en este tipo de prácticas, y la producción simbólica de objetos tampoco es su prioridad. 

Hablamos en este caso de una PSA más performativa y menos objetual, pero no performances que se despliegan como gestos corporales libretiados para ser mostrados en el museo, sino que actúan como micro rituales al interior de los espacios sociales en donde la PSA ha identificado que es necesario intervenir para enfrentar los problemas identificados.

La sociedad en su conjunto se me antoja como un amplio lienzo mal pintado, y el trabajo de alquimia social del arte dirigido a acciones es cambiar esas condiciones, a manera de un viejo ritual en el cual la irritabilidad de la experiencia humana se transforma en lo deseable, lo innombrable o lo verdaderamente real. (6)

¿De qué manera se puede entender a la sociedad desde la PSA radical y su manera de disponer los objetos en el espacio de la sociedad? Como un entramado cultural complejo de estructuras diferenciadas que se interrelacionan entre sí a partir de intereses particulares como puede ser la economía, la política, los saberes académicos, los medios de comunicación, las fuerzas laborales, el conocimiento científico y sus mecanismos de validación, el sistema de salud, los códigos, normas y leyes jurídicas que regulan la convivencia general y las organizaciones sociales.

Notas:

1.- PSAa es un acrónimo para las PRÁCTICAS SOCIALES DEL ARTE que privilegian a las acciones sobre la fabricación de objetos.

2.- El gurú de los estudios de performance, Richard Schechner, señala que una forma de entender el escenario de este mundo confuso, contradictorio y extremadamente dinámico es examinarlo «como performance». Y eso es precisamente lo que hacen los estudios de performance. Los estudios sobre performance utilizan un método de «amplio espectro». El objeto de esta disciplina incluye los géneros estéticos del teatro, la danza y la música, pero no se limita a ellos; también incluye los ritos ceremoniales humanos y animales, seculares y sagrados; la representación y los juegos; las representaciones de la vida cotidiana; los roles de la vida familiar, social y profesional; la acción política, las manifestaciones, las campañas electorales y los modos de gobierno; los deportes y otros espectáculos populares; las psicoterapias dialógicas y orientadas al cuerpo, junto con otras formas de curación (como el chamanismo y los medios de comunicación. El campo no tiene fronteras fijas. El propio Schechner señala más adelante que, desde una perspectiva ligeramente diferente y en términos generales, las «actividades de rendimiento humano» pueden dividirse en las siguientes categorías, que abarcan una continua superposición de esferas o dominios: El juego, el ritual, el deporte, las artes de la representación (música, danza, teatro) y las representaciones de la vida cotidiana, la performatividad- prácticas legales/médicas-entretenimiento popular-medios de comunicación.

3.- Munn, Nancy D. «Symbolism in a Ritual Context: Aspects of Symbolic Action». En Handbook of Social and Cultural Anthropology (J. J. Honigmann, ed.), pp. 579-612. Chicago: Rand McNally. 1973.

4.- Horowitz, Noah. Art of the Deal: Contemporary Art in a Global Financial Market. Publicado por Princeton University Press, 2011.

5.- Graeber, David. Hacia una teoría antropológica del valor: La falsa moneda de nuestros propios sueños. 2001.

6.- Bell, Catherine 1992. Ritual Theory, Ritual Practice. New York: Oxford University Press. Pág 176.

Guillermo Villamizar
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