Sobre filantropías tóxicas

Pocos lugares para socializar y hacer negocios como las galas de los museos. Ahí usted puede conocer al CEO de una empresa importante que le permitirá acceder a él de una forma directa y muy sofisticada. El decorado glamoroso de las obras de arte contemporáneo completará la escenografía que necesita para que sus negocios tomen vuelo. La evolución del capitalismo tardío convirtió las juntas directivas de los museos, en apetecidos cargos para poner en marcha eficientes modelos de relaciones públicas. Quiere conocer a la realeza inglesa y codearse con ellos? Haga una donación importante a la Tate Modern y su invitación le llegará casa. Quiere conocer a lo más selecto de la fauna de tiburones que navegan en el mercado financiero de Nueva York? Compre su membresía en el MoMa y apueste por una buena donación, y la invitación para una retrospectiva con una celebridad del arte contemporáneo le llegará casa.

Por supuesto que ninguna donación es gratuita, y ese almuerzo regalado lo pagan todos los ciudadanos mediante las deducciones de impuestos que estos nobles hombres de la cultura se ganan, cuando hacen este tipo de gestos llenos de total desprendimiento hacia la cultura humana.

Desde hace un tiempo para acá, los artistas se han dado cuenta como el arte pasó de ser un activo cultural a un activo económico, con la capacidad de moverse con la naturalidad de un portafolio en oro y la misma liquidez del efectivo. Por eso, ese cordón umbilical dorado entre arte y dinero tiene antecedentes históricos.

Nada mejor para lavar la imagen de una empresa o de un sujeto, que invertir y apoyar el arte para envolverse en su aura de prestigio y buenos propósitos ¿Acaso alguien desconfía de esa tierna criatura, llena de nobleza e ideales altruistas llamada arte?

Pues bueno, en el más reciente episodio de esta pelea entre artistas y museos, cuando estos últimos se vuelven simples pasarelas del relacionismo público, escondiendo negocios allí y acá, la escena artística de Nueva York que poco traga entero y que mantiene y lucha por mantener la dignidad del artista, decidió dar la pelea contra uno de sus símbolos: Warren Kanders, vice presidente de la junta directiva del Museo Whitney en NYC.

Resulta que este señor es dueño de una compañía envuelta en el negocio de fabricar artefactos de guerra como gases lacrimógenos, equipos de contra insurgencia y munición militar que alimenta a los ejércitos del mundo que se encargan de reprimir y si es necesario, matar, a todos aquellos que luchan contra las habituales injusticias de este planeta ¿Palestinos en Gaza? ¿Inmigrantes latinos intentando cruzar la frontera mexicana hacia EE.UU.? ¿Negros insurrectos luchando por la legitimidad de sus derechos en Trumplandia? ¿Problemas con estudiantes en Sudán? ¿Agitadores comunistas en El Cairo desafiando a la policía?

Si usted hace uso legítimo de la protesta, mediante la capacidad de reunirse y actuar en masa, los escuadrones ESMAD que por todas partes abundan, estarán listos a gasearlo con los bellos artefactos que el señor Wanders fabrica en sus plantas de Safariland en el Estado de la Florida.

De esta manera, se han documentado muertos por el uso de este tipo de artefactos del señor Wanders en diferentes partes del mundo. Al fin y al cabo, el gas lacrimógeno puede ser un arma letal.

Es así como la comunidad artística de NYC a raíz de la reciente bienal del Whitney, inició una campaña para sacar a Wanders del Museo, y exigir que las relaciones tóxicas que este tipo de filantropía trae para el mundo del arte, empiecen a ser discutidas de frente y sin rodeos.

Finalmente, después de protestas, artistas que renunciaron a hacer parte de la Bienal, de artistas dispuestos a retirar sus obras del Museo, de cartas firmadas por curadores, críticos de arte y artistas, Kevin Wanders se vio obligado a renunciar a la vice presidencia de la junta directiva del museo Whitney de Nueva York.

Una lección para escenas artísticas como la nuestra en Colombia y América Latina. Ya quedaron demostradas estas filantropías tóxicas en el caso de la colección Daros, y en la escena local hay un tema que ha pasado desapercibido o al menos, con muy poca atención por parte de la dócil comunidad artística bogotana: los vínculos familiares de la directora del museo de arte moderno con el empresario Nayib Neme, ilustre emprendedor de la industria del asbesto, con vínculos en la economía minera (Carbón por ejemplo), y cerebro gris detrás de Volvo, la empresa que nos ha condenado a vivir bajo el caos de Transmilenio y el perfumado ambiente urbano a punta de diésel.

 

Guillermo Villamizar
Es artista y crítico de arte. Es fundador y director de la Fundación Colombia Libre de Asbesto, FUNDCLAS, desde donde ha desplegado una labor investigativa y organizativa para comprender las narrativas que guían el uso del asbesto a nivel internacional y local. Su actividad artística se enmarca dentro de las prácticas sociales desde el campo del arte.

Por lo tanto, su trabajo como artista se ha enfocado en los últimos seis años en un estudio holístico de las problemáticas del asbesto, buscando generar incidencia en los diferentes renglones institucionales que hacen parte de tales problemáticas en Colombia. Como parte de su misión, ha identificado preocupantes vacíos que operan en el sistema para intentar subsanarlos. Uno de ellos comprende la ruta diagnóstica de las enfermedades relacionadas con el asbesto, y el fortalecimiento de los saberes en esta materia.

Nació en Bucaramanga y vive en Bogotá
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