MATARIFE

O el Efecto Mendoza como dispositivo poderoso que viraliza e interpreta la realidad cuando de mitos sociales y profundas narrativas se trata, más si estas son creadas y defendidas por los aparatos del Estado y un segmento social que clasifica de derecha política.

No voy a entrar a criticar al Matarife como si fuera un simple documental que se puede alabar o contradecir, según la teoría de los gustos. Me interesa destacar cómo un modesto grupo de ciudadanos, encabezados por Daniel Mendoza, es capaz de infiltrar la red social causando tanto alboroto en temas que se han vuelto tabú para el país.

Aquí, hablando en jerigonza lyotardiana, me interesa el dispositivo y lo que ello pueda representar. ¿Cuál es el dispositivo? ¿Cuál es el hardware de esta operación? Y con claridad se entiende que son las redes sociales, las mismas que Edward Snowden califica como co–conspiradoras conscientes por su papel en el espionaje y vigilancia masiva a casi cualquier hombre, mujer y niño que alguna vez haya tocado un ordenador o cogido un teléfono; pero que ahora en manos de estos artistas, cobran un poder alternativo a los medios de comunicación hegemónicos, y que el dispositivo mediático se encarga de articular.

Y ¿qué representa el dispositivo? La capacidad de los ciudadanos para introducir formas legítimas de protesta y denuncia política en la esfera pública, sin intermediarios ni protocolos institucionales, -llámense todos los que usted se quiera imaginar; desde la policía o la sentencia de un juez hasta una ley de la república. El dispositivo rompe toda la pantalla de contención institucional sin quebrarle un pelo a nadie, sin daños colaterales físicos, depositando su carga iluminadora en el terreno legal del derecho a expresar opiniones desde la sociedad civil frente a los límites institucionales del Estado que no opera porque la barbarie los impone al traicionar principios democráticos esenciales, y que ha terminado por criminalizar a la opinión pública en Colombia bajo el disfraz de la calumnia.

Más allá de todo esto, la contundencia de la representación que hace Matarife descansa en la posibilidad de adelantar acciones de crítica social y cultural desde la ciudadanía mediante la protesta no violenta, a pesar de las cosas tan duras que irá contando la serie. Jurídicamente hablando, a Mendoza se le podrá atacar de calumniador, pero no se podrá negar que las preguntas que Mendoza le hace al cuerpo social, son respuestas que hace rato la justicia colombiana nos debe a todos los colombianos; y como ya son tantos años, los ciudadanos interrogan aquello que la justicia y sus jueces no han resuelto, y se deduce que de tanto amedrentarlos, espiarlos o perfilarlos, ellos interpretaron que es mejor no meterse en líos para no morir en el intento de ejercer justicia en estas tierras abandonadas por Temis o por Dios, según sean los cálculos en el sistema de creencias que apliquemos. Sin olvidar que en ese instante preciso en que la justicia se enajena, el Estado de derecho se suspende.

Si el Estado, bajo la pretensión legítima de defenderse, confundió los cables y empezó a violar la ley, -la misma de la cual es garante- configurando un delito, pues eso es precisamente lo que hace rato el poder judicial ha debido resolver.

Mario Jursich, uno de los “intelectuales más respetados de Colombia” según las Dos Orillas, considera a Daniel Mendoza un muy mal investigador y un pésimo escritor ¿Se puede ver a Matarife y esta deliciosa pieza de video-arte como algo que no cumple con estándares de calidad estética? Es decir ¿es Matarife una muy mala investigación garabateada por un pésimo escritor?

No me interesa debatir si es un buen o mal escritor, me basta con que armado de la autoridad que le brindan sus pesquisas, haya asumido la aventura de invertir su competencia artística en la lucha política por desatar los imaginarios que atormentan a la conciencia colectiva.

No creo que la ventana de ingreso para analizar a Matarife sea la que ofrece el Sr. Jursich, y hay que ir más allá de invocar algún tipo de superioridad académica que en algunos casos parece pura discriminación de cierta clase intelectual dominante, y entender que el dispositivo de Mendoza lo que hace es poner a funcionar el habla pública alrededor de la figura paranoica que provoca el asomo de lo prohibido, en este caso representado por la verdad de los hechos, y que algunos se limitan a calificar de refrito.

El arte visual desde hace mucho rato, ganó la batalla ante la Corte Constitucional de las formas y si utilizamos los muertos diarios de este país, buscando aromatizarlos en el altar de la literatura y la poesía, les recuerdo -citando a Eyal Weizman- que la estetización de los conflictos en el campo del arte generan la despolitización de lo colectivo. En lugar de trabajar para el cambio político, las manifestaciones se reducen a expresar empatía por las víctimas. (1) Y en eso ha devenido la cultura que algunos intelectuales representan: un fracaso total ante la barbarie, enredados por las buenas formas del lenguaje que a veces solo sabe exhibir sabia y sutilmente, un racismo de inteligencia que ocultan a la perfección.

De pronto las metáforas atropelladas de Mendoza, traducidas en video y toda la economía cultural que provocan, consigan que el buen gusto político de matarnos entre nosotros mismos se detenga por un instante, y dejemos de atacar a aquellos, muy pocos, minúsculos frente al poder de sus contradictores que renuncian a permanecer en silencio.

Esta pieza político-conceptual del artista Daniel Mendoza, mediante el uso de herramientas apropiadas del lenguaje del cine y el documental logra, de un solo tajo, subvertir el orden aburrido y trágico de las cosas en mitad de unos tiempos horribles. Sus récords de audiencia se los pelearían los mejores museos y hasta el propio Hollywood, y esa es una virtud entre muchas para que desde ya Matarife, sea considerada una deliciosa pieza documental en la categoría de video-arte político, por su extraordinaria capacidad para viralizar sus contenidos y generar tanta incomodidad en el público. Si Andy Warhol en algún momento introdujo el concepto novedoso del aburrimiento en el arte, Mendoza está dándole forma al arte de sacudir el ágora temible de las redes sociales mediante la imprudencia inteligente.

Si al pretender defender la legitimidad, terminaron negándola, será la mayor paradoja de aquellos mismos que hicieron la guerra en nombre de la legitimidad, y es muy probable que el delirio de restaurar un orden basado en economías pleiteras nos conduzca, antes que a ser una democracia auténtica, de nuevo a ser un Estado fallido; esta es la conclusión que enseñan los textos escritos por Mendoza y que soportan al guión.

Al final lo que hace Matarife es preguntar antes que acusar, así su propuesta parezca decir lo contrario: no es qué ha hecho Uribe con Colombia, sino ¿qué vamos a hacer los colombianos con Uribe?


1 – On Forensic Architecture: A Conversation with Eyal Weizman Yve-Alain Bois, Michel Feher, Hal Foster, and Eyal Weizman October 2016 NO. 156, 116-140.

Guillermo Villamizar
Es artista y crítico de arte. Es fundador y director de la Fundación Colombia Libre de Asbesto, FUNDCLAS, desde donde ha desplegado una labor investigativa y organizativa para comprender las narrativas que guían el uso del asbesto a nivel internacional y local. Su actividad artística se enmarca dentro de las prácticas sociales desde el campo del arte.

Por lo tanto, su trabajo como artista se ha enfocado en los últimos seis años en un estudio holístico de las problemáticas del asbesto, buscando generar incidencia en los diferentes renglones institucionales que hacen parte de tales problemáticas en Colombia. Como parte de su misión, ha identificado preocupantes vacíos que operan en el sistema para intentar subsanarlos. Uno de ellos comprende la ruta diagnóstica de las enfermedades relacionadas con el asbesto, y el fortalecimiento de los saberes en esta materia.

Nació en Bucaramanga y vive en Bogotá
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