Los peones I

El estado del arte en Medellín y el ajedrez del arte contemporáneo. Los Peones I

En el ajedrez, lo más importante no son el rey y la reina, sino los peones”

Fernando Arrabal

Si existe un grupo vulnerable en el mundo del arte, además del público, somos los artistas sin lugar a dudas. En su Manual de estilo del arte contemporáneo, Pablo Helguera propone una relación entre el ajedrez y el sistema del arte: los artistas corresponden a los peones. No siendo esta una comparación despectiva, los peones son las piezas más importantes y a la vez más “irrelevantes” en tanto constituyen también las piezas más numerosas, dada su constante proliferación en las escuelas de arte.

Aprovecho entonces para agradecer a todos los artistas que amablemente respondieron a este ejercicio, quienes saben cuál es el precio que debemos pagar, tanto digna como económicamente, para poder realizar un trabajo justamente presentable.

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Democracia artística y “todos tenemos derecho”

Dado que las artes enfrentan al público con las diferencias entre los artistas, es una responsabilidad ser autocríticos con nuestra producción y pensar de manera muy seria, si realmente vale la pena que nuestro trabajo se exhiba en algún espacio, o si, por el contrario, debería mejorar. Podrá parecer pedante, pero se debe tener una conciencia real sobre nuestro trabajo más allá de la autocomplacencia que casi siempre acompaña nuestra mal acostumbrada mediocridad. Así, nos sacamos de la manga sistemas críticos según los cuales, aunque sepamos de qué hablamos cuando nos referimos a la calidad en el arte, asumimos que la idea de calidad se ha vuelto subjetiva y, aparentemente, no es más que una fábula destinada a hacerles la vida mucho más difícil a todos en el mundo del arte. De ahí que en Medellín haya un auge de galerías y espacios buena onda donde cualquier chorrada cabe, de ahí que los eventos muchas veces carezcan de eficacia y todo termine sin ninguna clase de aporte valioso para el sistema cultural, más allá de un beneficio efímero para unos pocos.

Así, es normal que desde esta perspectiva se sienta una necesidad general por abrir más espacios “para el arte”. Frente a esto hay opiniones divididas. Pues para algunos se están cerrando ciclos de dinámicas y producción (pero esto no es negativo en tanto que todo debe renovarse); para otros, Medellín pasa por un momento enfermizo que ejerce políticas culturales públicas y privadas siniestras a través de sus instituciones, que solo sacan provecho del arduo trabajo que realizan los artistas para tal o cual espacio, aun siendo desde proyectos autogestionados.

Cabe decir, que a medida que invade al medio una reacción amañada contra el mérito, el concepto de discriminación estética se ensucia con la justificación de la discriminación elitista, y aquí necesitamos ser muy francos: pocos son coherentes frente a esa situación, pues cuando un evento autogestionado o “independiente” no está bien estructurado y fracasa por falta de organización y desorden, solamente lo dejamos en un “tenían buenas intenciones”, pero cuando es un espacio privado, como una galería posicionada o un museo el que tiene algunas circunstancias cuestionables, les cae una avalancha de críticas, que parecen más un rencorcillo por lo oficial, como si la exigencia y la calidad solo debemos esperarla de los espacios privados, y nadie es capaz de señalar que en asuntos artísticos, el elitismo no significa necesariamente injusticia y ni siquiera inaccesibilidad, porque eso ya lo hemos comprobado con la calidad de algunos eventos o espacios de la ciudad que se dicen participativamente “democráticos”.

El artista José Julián Agudelo, ve al respecto todo un sistema interesante de creaciones diversas que mantienen dinamizada nuestra producción en la ciudad: “Independientes, alternativos, institucionales públicos, institucionales privados, auto gestionados, experimentales, y hasta espacios que dicen no ser espacios, conforman el bioma de nuestro paisaje montañero. En todos ellos y en pro de una pluralidad mayor a la tradicional, se generan nuevas y experimentales instancias de intercambio para un montón de especímenes que comprenden que la experiencia misma es la materialidad del arte, donde el devenir como sustancia creativa, le daría malas noches a la señora Lesper y a un montón de lelos reclamantes. Desde mi perspectiva en Medellín, quizá sea más relevante generar gestos que superen las barreras montañosas de nuestro paisaje y horizonte. Quizá una ambición romántica o quizá una pretensión de alto alcance aun cuando esta sea moderna o contemporánea, pero que su repercusión sea más conmocionante y menos cotidiana (lo digo sin detrimento de lo conmocionante que puede ser lo cotidiano)

Frente a esto, la pluralidad no ha de tener correspondencia con la banalidad, por lo cual puedo decir que soy una orgullosa “lela reclamante”, en tanto que, como artista y a la vez espectadora, el respeto por mi obra y el respeto por la obra de los demás, así como el respeto que a voz en cuello exigen los mismos artistas, debería ser semejante con el respeto que cada uno debe tener por la calidad de lo que le está entregando a los espectadores.

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Calidad Vs. Cantidad ¿Muchos artistas y pocos espacios?

Frente a la pregunta sobre si se cree que en Medellín se necesitan más espacios para el arte, algunos artistas respondieron que primero deberíamos preguntarnos sobre qué clase de espacios queremos tener. Algo coherente si pensamos en la cantidad de proyectos anodinos que pueden surgir y que solo servirían para terminar de empeorar lo que por ahora llamamos “una ebullición” del arte en la ciudad. La editora de la revista La Artillería, Erika Sosa responde que no necesitamos realmente más espacios, “lo que se necesita es que los espacios y agentes existentes se articulen para trabajar en conjunto, y de esta forma lograr más y mejores cosas”.

El punto que toca Erika es crucial, pues valdría la pena preguntarnos si creer que todos merecen sus cinco minutos de fama ¿servirá para proponer proyectos que valgan la pena ser organizados, desarrollados, difundidos y mostrados, o ese “todo vale” se convierte en la cobija polvosa con la cual taparemos una enfermiza y, por lo demás, peligrosa falta de criterio que viene surgiendo desde las mismas academias de arte? No hay entonces la necesidad de evaluar el nivel de las propuestas artísticas, si cada espacio que se abre tiene sus propias dinámicas convenientemente planteadas donde la calidad formal, conceptual, y de estructura no se necesita para nada.

Sin embargo, teniendo en cuenta que las academias gradúan cada tanto una cantidad de jóvenes que salen al ruedo, se puede entender que pensemos en la necesidad de más espacios. Así, por ejemplo, lo han visto artistas como Beatriz Olano, quien tiene una trayectoria reconocida en la escena y responde que, “(…) aunque cada vez hay más espacios nuevos tratando de hacer una labor valiosa impulsando el arte en Medellín, el medio del arte es todavía muy incipiente y se requieren muchos más espacios”. Además de esto, la artista toca un punto fundamental cuando señala que “en Medellín hay mucho talento y existen artistas de un nivel muy bueno que desafortunadamente tienen que mirar siempre a Bogotá como sitio de difusión de su trabajo”.

Paralelamente, Ana Isabel Diez responde que sí cree que Medellín necesita más espacios para el arte, en tanto que los existentes no guardan proporción con la cantidad de artistas y egresados de las diferentes facultades de arte de la ciudad. Algunos artistas concuerdan entonces en que se necesitarían más espacios por la falta de visibilidad, difusión y proyección de artistas que no tienen la posibilidad de acceder a los lugares institucionales y que hacen de estas dinámicas una forma de auto validación y empoderamiento; así lo ve Carlos Carmona para quien también es de atención que haya una falta de galerías en la ciudad, noción que han señalado otros creadores.

Por su parte Catalina Rojas responde que valdría la pena pensar cuales son los lugares que pueden ser definidos como “espacios de arte”, puesto que cada vez más iniciativas autogestionadas surgen y circulan de maneras diversas. Así mismo la artista Angélica Teuta quien lleva un tiempo considerable jugando en el tablero paisa, propone que “habría que pensar en cómo desligar a Medellín de su sombra capitalina y revisar lógicas que no la subyuguen a un arte netamente mercantil. Revisar en cómo reamoldar a los futuros artistas para que dejen de soñar con ‘la gran obra’ para galerías de arte, ferias y espacios inmaculados con las condiciones perfectas; reformular el papel del artista para quitarle su velo de creador individualista y ofrecerles más posibilidades de acción. La ciudad en sí ofrece otras dinámicas, no se debería ver las artes plásticas como un medio separado. En Medellín, existen las hibridaciones de lo social, otras instancias del arte, la arquitectura y el diseño, quiere decir desde la misma calle y hasta el clima”.

Por otra parte, el artista Pablo Gómez es enfático en que se debe revisar, además, qué clase de producciones estamos fomentando en la ciudad: “En mi posición como artista, pienso que lo importante de los espacios es el arte que se exhibe en estos, éste debería ser un arte menos convencional, más arriesgado y radical. Es decir, obras que hagan parte de diferentes géneros de arte: Feminismo, Conceptualismo, Performance, practica social y Arte Queer, entre otros. Estos géneros y manifestaciones artísticas actualmente tienen una relevancia trascendental en el discurso del arte contemporáneo, pero por diferentes razones se han desatendido en la ciudad en los últimos años, creo que es muy importante para la escena local retomar y apoyar artistas que trabajen dentro de estos géneros”.

Ursula Ochoa
Vive y trabaja en Medellín.
Aficionada a los libros. Es maestra en artes plásticas, diplomada en Periodismo cultural y crítica de arte. Estudió Estética y Teoría del arte en el siglo XVIII con la Universidad de Cádiz y estudió filosofía en la Universidad de Antioquia. Escribe sobre arte, trabaja con la revista La Artillería de la ciudad de Medellín, colabora con la revista Internacional de Arte Contemporáneo Artishock y escribe para el suplemento cultural Palabra y Obra del periódico El Mundo.
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