Guerra de colores*

 

 

*Texto de donde fue tomada la información con que contribuí al artículo «El blanco es el nuevo color de la violencia», firmado por Daniela Pomés (@danipomes) y publicado en Cartel Urbano este 17 de junio. Disponible en: https://cartelurbano.com/historias/el-blanco-es-el-nuevo-color-de-la-violencia

Desde hace veinte años, la teoría del color —y de la propaganda— ha servido para comprender el panorama político colombiano. Desde el momento en que se instauró el régimen uribista, éste se apropió del tricolor nacional para acompañar su proyecto de guerra civil eterna. Dentro de los ejemplos más destacados estuvo la campaña publicitaria Colombia es pasión que, adicionalmente, le metía catolicismo a la cosa: ¡turismo extractivo, banderas, dios y patria por todos lados!

Sin embargo, ésta situación cambió desde las movilizaciones del 21 de noviembre de 2020. A partir de ese momento, grupos de manifestantes decidieron reapropiarse de la bandera para vestirse con ella o adornar con sus colores las latas con que se defendían en la Primera línea. El patriotismo retornó a un rumbo más solidario y menos depredador.

Con el color blanco sucede algo parecido. La secta en el poder decidió recordarnos que desde hace bastante tiempo secuestró la utilización e interpretación de ese tono en sus acciones públicas. Quienes padecemos el desastre uribista desde el principio no dejamos de recordar eventos como la marcha Un millón de voces contra las FARC, convocada el 4 de febrero de 2008, cuyo dress code exigía a quienes quisieran participar el vestir una camiseta blanca. Y el ejemplo cundió en el futuro. Siempre que los miembros de esa organización delictiva han operado a plena luz visten ese tipo de prendas u otras en color pastel. Verbigracia el atuendo de quien amenazara analfabetamente diciendo «¡Plomo es lo que hay! ¡Plomo es lo que viene! ¡Plomo no es negoceo [sic]!»

Durante el actual Paro Nacional, los fanáticos más salvajes de ese culto volvieron al blanco como señal identitaria. Pervirtiendo su asociación tradicional a virtudes como la pureza o la paz, decidieron portarlo en sus acciones más irracionales: lavaperros a bordo de camionetas blancas asesinando manifestantes en Cali; mestizos vestidos de blanco disparando a la minga indígena en esa misma ciudad; sujetos de esa banda amenazando con utilizar las quince mil armas que poseían para responder a las movilizaciones pacíficas; padres, madres y niños blancos, con camisetas blancas saliendo a pintar de blanco murales que denunciaban la masacre.

Es importante, notar cómo el empleo de esa tonalidad por parte del bando extremista sigue una clara teoría de la imagen: actualizándolo en una simulación de prosperidad (la del emprendedor que da trabajo y atropella manifestantes), sobriedad (la del ciudadano que pinta paredes ajenas de día) y aparente honestidad (la del pequeño narcotraficante preocupado porque sus vueltas están paralizadas y no ha podido generar empleo), el color blanco ha terminado sirviendo de vehículo para representar el grupo de valores que sostienen ese régimen autoritario: muerte para todo el mundo —no uribista—, pobreza generalizada a todo el mundo —uribistas y no uribistas—, consenso a las patadas y dependencia económica a perpetuidad.

Por fortuna, la respuesta no ha sido menos contundente: ante un universo de blancura cercana a la de los lavaderos (de dólares) más prósperos, miles de metros cuadrados de pared y piso no han dejado de repetir el llamado al respeto por la diversidad que ha venido significando el Paro para este país.   

Guillermo Vanegas
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