Aceleracionismo sincero III. Ana María Millán en el Museo de Arte Moderno de Bogotá

La muestra de obras que presenta la artista Ana María Millán en un museo de Bogotá es la itinerancia de una investigación que viene realizando desde hace varios años en Ciudad de México y que presentó originalmente en Europa. Es decir que en vez de una curaduría de lo que se trata aquí es de un proyecto afianzando en la actualización para el público bogotano de los principios creativos que esta autora ha venido perfeccionando a lo largo de su carrera y que ha mostrado con mayor asiduidad en otras ciudades del país.

Básicamente, se trata de una serie de estrategias que ella suele poner en juego con grupos de interés, generalmente conformados por personas jóvenes, ojalá profesionales, ojalá relacionadas con producción visual y ojalá especializadas en el consumo erudito de derivados de la industria cultural. Con base en esto, introduce una puesta en tensión a sus pautas de comportamiento social, aunque sin apuntar tanto a la psicología (“date cuenta de lo que te gusta, para que sepas qué te esclaviza”), como a la construcción de una teoría activa (“¡piensa!”). Valga decir, a provocar reflexiones eficaces que lleven a sus colaboradores-postproductores a adquirir conciencia de su propia performatividad y de la cantidad de estratos de representación que incorporan en cada una de sus decisiones de gusto, apariencia física, atuendo, comportamiento y léxico. Una deconstrucción de la educación sentimental sin dolor.

En este sentido, es posible notar también la equivalencia formal de esta exposición con otros de sus procesos suyos. Como por ejemplo, cuando se dedicaba a la cuidadosa recopilación de parafernalia de diseño gráfico amateur para difundir conciertos de punk caleño, que ahora ha transformado en la observación participante de grupos de gamers chilangos o colombianos. Lo que ahora equivale también a utilizar los resultados del trabajo que adelantara con una pequeña comunidad de consumidores especializados, como un acopio de imágenes con las qué desinstalar varios relatos de la historia reciente de Colombia, oficializados mediante difusión acrítica por los canales del periodismo generalista.

Para lograr esto, se acercó a la misma metodología que empleara Juan Obando en Pro Revolution, y así realizar una propuesta de trabajo previa a la muestra acudiendo a participantes externos. Sólo que en esta oportunidad, Millán sí declaró de entrada sus expectativas y jugó de otra manera con las de sus colaboradores: desarrolló una serie de encuentros a partir de los cuales habrían de materializarse las obras exhibidas en las salas del museo (doce acuarelas de los participantes y sus avatares, dos videos monocanal que las flanqueaban y una tela impresa con el logotipo de una bebida para afterparties), en un taller al que llamó significativamente Humano no humano, donde invitó a –y aquí es donde empieza la obra–, “jugadores, amateurs, personas con avatares o amigos imaginarios, gente interesada en culturas digitales y subculturas musicales varias.”

Valga decir, sujetos vinculados a nichos de consumo atentos casi hasta la paranoia a cualquier detalle derivado de sus objetos de obsesión de procedencia industrial, con quienes sabía que toda intermediación, diálogo, interacción o desacuerdo, habrían de redundar en la creación de capas de sentido que jugarían, nunca mejor dicho, a favor de la obra. Y quienes, a diferencia de lo que sucedió en el video Wanderlust, que Millán desarrollara con el apoyo de InSite y Casa Gallina en México, habrían de verse resueltos en las animaciones gracias a la renderización de sus encuentros. Que aquí habría que definir como contactos calculados donde se conversaba mientras se jugaba, se aprendía y se construían personajes o se desarrollaban narraciones que ponían constantemente en baza los estatutos de ficción-realidad, en una trama similar a la de causa-consecuencia implícita en otros procesos vitales. Lo que, al traducirse al mundo real podría configurar una historia inicialmente enigmática pero, tras varias repeticiones, bastante elocuente.

Como sucede en Este viento, amor, animación donde las situaciones son casi tan ridículas como las de la vida real o, por lo menos, como las de la vida real del conflicto colombiano: la obra reconstruye la historia de unos personajes que van en busca de un narcotraficante que se mueve por las selvas colombianas, y mientras lo hacen les acompaña una mujer delgada que no para de bailar. En realidad se trata de la holandesa Tania Niejmeier, combatiente irregular elevada a la categoría de estrella mediática en el país por el simple hecho de ser extranjera (europea blanca, para ponerlo en claro) y dejarse grabar bailando en un campamento guerrillero durante el uribato: Causa (eres mujer, europea y te unes a una guerrilla idealizada)-Consecuencia (sales en medios, terminas siendo utilizada como instrumento de propaganda a favor y en contra de tu lucha). La delicia de vivir en este erial.

El video Elevación es una apuesta mucho más cercana a la retórica de las gestas políticas colombianas: magnicidios en plaza pública, pueblos destruidos, campesinos blandiendo machetes, sapos, derrumbes, blackhawks. De nuevo, se ve aparecer aquí a la naturaleza como elemento principal de una historia donde varios personajes salen de un pueblo que ha sido puesto de cabeza por, adivinen ustedes, ¡la violencia! Se dirigen hacia zonas rurales para atravesar una cueva y salir a un bosque húmedo tropical a, adivinen ustedes, ¡bailar! Mientras uno con dos cabezas de toro se adentra en un páramo hasta el que llegan, adivinen ustedes, ¡militares colombianos y mercenarios estadounidenses montados en un helicóptero de penúltima generación!

Aunque aquí las referencias son mucho más veladas que en Este viento, amor, resulta interesante ver el modo como Millán decide hablar de un asunto tan complejo como el de la lucha irregular en una guerra civil que el país no ha dejado de vivir, en medio de una sociedad cada vez más proclive a hacer exigencias de respeto irrenunciable por las ideas propias, así sean torpes o estúpidas, o torpes y estúpidas. Y se destaca también el que lo hiciera sin incluir enjuiciamientos de ninguna índole, desmarcándose de la descarada manipulación a que quisieron conducir al público del mismo museo la artista Teresa Margolles y el curador Eugenio Viola, cuando quisieron acercarse con la ingenuidad propia de cualquier periodista-opinador colombiano de programa matutino de radio-mierda, a ver las consecuencias demográficas derivadas del descalabro económico de la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela y la migración desencadenada de miles de sus connacionales hacia Colombia.

Todo esto se complementa con un recurso poco grandilocuente, que Millán utilizó para subrayar que otra de sus preocupaciones en esta exposición iba por la vía del examen de la estructura económica del país. En una bandera de fondo blanco hizo imprimir la M del isotipo de la bebida Monster, cambiando su tortuosa tipografía por una todavía más inquietante, elaborada a partir de la acumulación de esmeraldas. Como le sucede a todos aquellos –países o individuos– que caen presa del delirio extractivista, la artista decidió reimaginar el el mito de El Dorado y representar una improbable acumulación de piedras preciosas convertidas en símbolo de orgullo patrio, y cuyos recursos han terminado, como siempre, invertidos en bancas extranjeras o, más recientemente, en paraísos fiscales donde campan evasores de impuestos nacionales y extranjeros. Con ese pequeño gesto, la artista recuperó el significante que se suele dejar de lado cuando se examinan las causas de la guerra local: el desastre provocado por el traspaso de tierras de muchas manos a pocas, la concentración de la explotación de recursos en prácticas semisalvajes/semiasesinas, la completa dependencia del criterio extractivo local a los vaivenes de mercados internacionales desregulados y la malsana adicción de las finanzas colombianas a los bienes del subsuelo.

Uniendo esto al más amplio arco argumental de su muestra, Millán logró redondear una historia de final triste, que seguramente se está repitiendo en estos momentos en múltiples comarcas del país y ante la cual poco podemos hacer como miembros de una democracia corporativa (pero miserable).

Ana María Millán

Elevación

Museo de Arte Moderno

15 de junio – 1 de septiembre

Bogotá

 

Guillermo Vanegas
En 2010 fundó Reemplaz0, donde realiza curadurías históricas y de arte contemporáneo. Fue curador de los 13 Salones Regionales de Artistas y del 44 Salón Nacional de Artistas. Trabajó en la Oficina de curaduría del Museo Nacional de Colombia y la Gerencia de artes de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. Recibió la Beca de investigación monográfica del Ministerio de Cultura de Colombia en 2015, el Premio Internacional de Crítica de Arte de la revista Lápiz en 2005 y Premio de Ensayo Crítico, otorgado por el I. D. C. T, ese mismo año. Desde 2007 se desempeña como profesor en varias universidades bogotanas. A partir de 2016 coordina la sala de exposiciones ASAB.
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